Ahora que empecé una nueva medicación y estoy saliendo un poco de mi propio cuerpo, empecé también a mirar más hacia afuera.
El dolor crónico hace algo extraño con la experiencia humana. El cuerpo deja de ser ese lugar silencioso desde el cual vivimos y se convierte en el centro absoluto de todo. Cada movimiento, cada comida, cada salida, cada plan, cada decisión empieza a organizarse alrededor del cuerpo. Una deja de habitar el cuerpo como hogar y empieza a habitarlo como problema, como límite, como vigilancia constante. Como una especie de contenedor del que ya no se puede salir del todo.
Y quizás no sea casual que hablemos del cuerpo justamente así: como un lugar donde una entra, queda atrapada, carga cosas, se quiebra o intenta sostenerse. El lenguaje está lleno de metáforas para hablar de experiencias internas. Algunas son espaciales: nos sentimos atrapados, vacíos, desbordados. Otras tienen que ver con peso y fuerza: cargamos cosas, nos sentimos aplastados o sostenemos como podemos. Otras recurren al daño físico: hablamos de heridas, cicatrices, golpes, puñaladas. Y muchas veces usamos imágenes de fuego, ahogo, derrumbe o guerra para intentar explicar experiencias que en realidad son emocionales.
Porque hay dolores y dolores.
Está el dolor físico. Pero también el dolor de la pérdida, que deja vacíos difíciles de nombrar. El dolor de la violencia, física o psicológica, que muchas veces sigue viviendo en el cuerpo mucho tiempo después de que el hecho termina. El dolor de la injusticia. El dolor del miedo. El dolor de no poder decir. El dolor de sentirse atrapada dentro de una vida, de un vínculo o incluso de una versión de una misma.
Y quizás por eso los dolores más abstractos terminan hablándose a través del cuerpo.
El duelo se vuelve vacío. Algo falta físicamente.
La ansiedad muchas veces aparece como asfixia o presión. Falta el aire. El pecho se cierra.
La depresión suele sentirse pesada. Como si incluso existir tuviera peso.
La vergüenza quema. La traición hiere. La injusticia golpea.
Incluso el amor no correspondido suele describirse como una ruptura del corazón. Nadie cree literalmente que el corazón se parta en dos. Y sin embargo, la metáfora persiste porque logra transmitir algo que una descripción racional no podría explicar del todo: la sensación física de desgarro, dolor o vacío que ciertas experiencias emocionales producen en el cuerpo.
Recientemente, tuve la suerte de reencontrarme con alguien que había sido muy importante para mí en mi adolescencia. Treinta años después, desde otras vidas, otros cuerpos y otros dolores.
Hablamos mucho. Del tiempo. De la vida. De pérdidas. De violencia. De injusticias. De dolores físicos y emocionales. De las marcas que ciertas experiencias dejan en el cuerpo incluso muchos años después.
En un momento intentaba explicarle el dolor de la endometriosis y ella me contó que una vez había tenido un dolor muy agudo y profundo que le había parecido una puñalada. Después hizo una pausa y aclaró que nunca había vivido realmente una puñalada. Entonces señaló su dedo y simuló con la mano la cortadura de un cuchillo sobre la piel.
“Lo relacioné con la cortadura de un cuchillo”, me dijo.
Como si las palabras, por sí solas, no alcanzaran.
Eso me impresionó muchísimo.
Porque sin saberlo, acababa de describir exactamente cómo funcionan muchas metáforas humanas.
Estaba intentando entender un dolor intenso y difícil de explicar a través de una experiencia corporal más conocida. Tomó una sensación concreta, la cortadura aguda de un cuchillo en la piel, y la expandió imaginativamente para intentar describir algo más profundo, más interno y más difícil de nombrar. Y utilizó esa misma experiencia para acercarse a mi propio dolor.
Eso es la metáfora. Una herramienta profundamente humana para volver compartible aquello que no puede explicarse literalmente.
Porque el dolor ocurre adentro. Adentro del cuerpo, de la memoria, de la conciencia. Nadie puede sentir exactamente lo que siente otra persona. Entonces hacemos lo único que podemos hacer: buscamos imágenes compartidas. Experiencias que otros cuerpos puedan imaginar.
Una herida. Un incendio. Un derrumbe. Un peso. Un vacío.
Metáforas.
Pero también maneras de sobrevivir.
Porque incluso cuando hablamos del dolor, rara vez lo hacemos desde la destrucción absoluta. Hablamos de cicatrices, de seguir cargando, de sostenerse, de salir adelante, de reconstruirse, de mantenerse en pie. Como si el lenguaje estuviera intentando narrar no solamente la herida, sino también la supervivencia.
Quizás por eso tantas de las metáforas del sufrimiento son metáforas de la guerra. Luchamos. Resistimos. Sobrevivimos.
Y quizás eso fue también lo que ocurrió en ese reencuentro inesperado después de treinta años. No solamente dos personas compartiendo dolores distintos, sino dos mujeres reconociéndose como sobrevivientes de sus propias guerras.
Porque tal vez nunca podamos sentir exactamente el dolor del otro.
Pero seguimos intentando acercarnos.
Traducimos el sufrimiento a imágenes, recuerdos corporales y metáforas compartidas esperando que, del otro lado, alguien pueda decir:
“Sí. Entiendo.”