Como si tuviera fuego en el útero
Lo que las metáforas del dolor pueden revelar sobre enfermedades invisibilizadas como la endometriosis.
Metáforas como cuchillas, monstruos o fuegos internos son muy comunes en relatos de dolor asociados a enfermedades crónicas como la endometriosis.
“Es como si me clavaran algo desde adentro.”
“Siento como si un animal rasguñara mi abdomen por dentro.”
“Es fuego. Es presión. Es algo que no me deja vivir.”
Estas son algunas de las frases que escuché a lo largo de los años en boca de otras mujeres con endometriosis.
Y, en mi caso, la que más repetía era: “como si alguien me estuviera estrangulando el útero.”
Lo gritaba tirada en el piso, en posición fetal, mientras mi gato me ronroneaba y amasaba la cabeza, y mi marido se desesperaba buscando la morfina. Le temblaba la mano al dármela, y luego me miraba con impotencia cuando, a los pocos minutos, mi cuerpo se relajaba y mi mirada se perdía en la neblina del opioide.
Cuando finalmente me diagnosticaron con endometriosis, la enfermedad ya estaba muy avanzada. Mi calidad de vida, destrozada. Llevaba más de una década escuchando que era “normal”.
Descripciones de dolor como las que menciono arriba son metáforas cargadas de imágenes intensas, de sensaciones corporales extremas, de emociones difíciles de contener. Son intentos por comunicar, a veces desesperadamente, la urgencia de poner en palabras lo que duele en silencio.
Sin embargo, en el consultorio médico, esas palabras muchas veces se transforman en un simple “me duele mucho”. Y el mensaje suele diluirse en intercambios rutinarios y simplificados que dejan fuera la complejidad del dolor.
Ahí es cuando aparecen las frases que muchas escuchamos: “tenés un umbral de dolor bajo”, o “ya se te va a ir cuando tengas un hijo” (ese hijo que nunca llegaba, justamente porque la endometriosis galopante ya me había causado infertilidad).
Y así, entre morfina, metáforas y mitos sobre la condición de ser mujer, el dolor se vuelve invisible. O, peor aún, normalizado.
¿Por qué importa tanto el lenguaje?
No lo digo solo desde lo vivido, sino también desde años de investigación. Soy doctorada en Lingüística por la Universidad de Lancaster, en el Reino Unido, y fundadora del proyecto The Language of Endometriosis, que llevé a cabo en Manchester Metropolitan University para explorar cómo hablamos del dolor menstrual y cómo ese lenguaje puede influir o interferir en los procesos de diagnóstico.
Durante años, me dediqué a escuchar, transcribir y analizar relatos de personas con endometriosis. Testimonios cargados de imágenes, metáforas, silencios, gestos, repeticiones. Palabras que aparecen una y otra vez para intentar decir lo indecible.
Esos hallazgos fueron publicados en revistas científicas en las áreas de lingüística, comunicación, salud y psicología. El proyecto también fue difundido en medios internacionales como: The New York Times, BBC Radio y la revista Glamour.
Lo que descubrimos es tan evidente como preocupante: muchas veces, los clínicos y quienes sufren no hablan el mismo lenguaje. Es decir, comparten un idioma (inglés, español, etc.), pero no necesariamente le asignan el mismo significado a ciertas palabras.
Mi investigación sugiere que existe una brecha entre lo que se siente, lo que se logra poner en palabras y lo que llega a interpretarse en el ámbito clínico. Esa distancia, lejos de ser menor, podría estar contribuyendo, junto a otros factores, a que el diagnóstico de endometriosis siga siendo lento, incierto o postergado.
Y este dato no es solo del Reino Unido: en Argentina, donde se estima que 1 de cada 10 mujeres en edad reproductiva podría tener endometriosis, los tiempos de demora son igual de alarmantes. Según fuentes nacionales, la endometriosis afecta a más de 1,5 millones de argentinas, muchas de las cuales no cuentan con un diagnóstico ni un tratamiento adecuado.
Lo que las palabras pueden revelar
Las personas con dolor crónico, y en particular, quienes vivimos con endometriosis, no siempre usamos términos médicos para describir lo que sentimos.
A veces hablamos de cuchillos, de fuego, de presión, de monstruos internos. No es exageración ni dramatismo. Es una forma de traducir lo que no tiene nombre.
En los relatos que analicé, las metáforas aparecen una y otra vez. Lejos de confundir, las mismas pueden ayudar a transmitir con más fidelidad una experiencia que es profundamente corporal, emocional y muchas veces traumática. Si se las escucha con atención, claro.
Son intentos, a veces desesperados, de hacer visible lo invisible. De transformar el dolor en algo compartible.
Claro que no siempre son entendidas. En algunos contextos clínicos pueden parecer confusas o poco precisas, o incluso ser interpretadas desde una perspectiva meramente emocional. Pero eso no es razón para descartarlas. Es motivo suficiente para prestarles más atención, no menos.
Por eso, cuando alguien logra decir algo como “es como si algo me estrujara por dentro”, esa frase, aunque no figure en ninguna clasificación diagnóstica, puede ser una señal importante. Puede despertar una sospecha, abrir una escucha, cambiar una historia clínica.
No se trata de convertir a las pacientes en médicas, ni a las médicas en poetas. Se trata de encontrarnos en un terreno común donde el dolor no se calle ni se distorsione.
Educar para nombrar el dolor
Nombrar el dolor no lo cura. Pero puede ser el primer paso para que deje de ser invisible.
Por eso, creo que enseñar a niñas, adolescentes y a quienes menstrúan a hablar de su dolor con palabras propias no es un detalle ni una cuestión literaria. Podría ser, en realidad, una herramienta de salud pública.
Validar las metáforas, no ignorarlas, sino destejerlas o desenredarlas. Escuchar sin apurar. Prestar atención cuando algo no suena habitual. Todo eso también es parte del cuidado.
El dolor habita el cuerpo, pero necesita del lenguaje para ser escuchado. Y cuando el dolor tiene palabras - aunque sean inexactas, aunque suenen extrañas - puede empezar a tener sentido. Puede empezar a tener respuesta.
Yo tardé más de quince años en recibir un diagnóstico.
Si hubiese sabido que podía decir “siento como si alguien me estuviera estrangulando el útero” sin miedo a que me creyeran exagerada o emocional, tal vez todo habría sido distinto.
Ayudemos a que otras mujeres no tengan que esperar tanto. Como profesionales, como madres, como amigas, como sociedad. Porque cada historia que se escucha a tiempo puede cambiar una vida.